viernes, 2 de mayo de 2008

¡A LA PLAYA, A LA PLAYA!


Cuestión de inteligencia. Como cada año, en cuanto se acerca el verano empiezan a aflorar los más horrendos modelitos, los sombreros mejicanos, las gafas de sol macarrónicas y todo aquello que, durante el resto del año, es motivo de burla y de comentarios despectivos. Lo curioso es que los tipos que se burlan de la estética de sus vecinos en invierno son los mismos que, en verano, se visten de payasos para ir de vacaciones. «¡Vamos a la playa!», rugen al ver cómo se acerca la fecha, «¡Vamos a aburrirnos a ese lugar horrible!». Pero empecemos por el principio.

Los extranjeros siguen ganándonos en cuanto a vestimentas veraniegas ridículas. Y entre los extranjeros, le rien ne va plus está compuesto, sin duda, por los ingleses y demás bípedos de ascendencia sajona. Lo de los yanquis, por ejemplo, no tiene desperdicio. Siempre he creído que llegan de sus países con sus ropas habituales y que, en la misma aduana, un funcionario español les da las camisas floreadas, los bañadores pasados de moda hace decenios y unos calcetines a cuadros para que puedan combinarlos con las sandalias que, por lo general, ya traen de sus casas.

Una vez en nuestro país, los guiris se mezclan con muchos españoles que, hartos de ver a sus vecinos durante todos los días del año, han decidido ir de vacaciones al mismo sitio que ellos. O sea, a la playa, el único lugar del mundo donde hace tanto o más calor que en la ciudad donde trabajan duramente para pagar la hipoteca. Allí se hacinan todos, tan felices, y lucen los horrendos modelitos, las gafas de macarra y los sombreros mejicanos a los que me refería al principio. Los hay que lucen también las grasas. Debido a la inexistencia de controles estéticos a la entrada de las playas, cualquiera se cree con derecho a exhibir la panza rebosante y el culo caído ante los ojos horrorizados de los demás. Y es que la playa, en verano, es la más elevada expresión de la chabacanería y la horterada.

En primer lugar habría que estudiar detenidamente los motivos que impulsan a la gente a ir a la playa. Por lo general, esos motivos son incoherentes. Por ejemplo, los veraneantes van a la playa a tomar el sol, pero muy astutamente se ponen cremas para que no les dé el sol. Toma inteligencia. «Es que, si no, me quemo», dicen los muy imbéciles. Y no pasaría nada si después hicieran algo comprensible para una mente normal. Pero, en lugar de eso, se bañan en las procelosas aguas marinas… para ir a ducharse más tarde. Y eso lo hacen bajo la triste excusa de que el agua del mar tiene sal. Claro. Por supuesto que tiene sal. El agua del mar siempre ha tenido sal. Estoy seguro de que si, en vez de sal, tuviese mierda, dirían que se duchan después porque el agua del mar tiene mierda. Que, por cierto, es lo que tiene en grandes cantidades. Al menos, el agua del mar Mediterráneo. Porque entre las medusas, los envases de Coca-Cola, las manchas de petróleo y los condones flotantes, hay mierda a patadas.

El agua que sale de los grifos de las poblaciones costeras no suele ser potable. De hecho tiene un sabor a cañería oxidada que, si bien está suavizado por el arsénico y los cloros varios que le echan, resulta bastante desagradable. El ruido nocturno de las motos y los borrachos impide el desarrollo de un sueño sano y favorece la intromisión de unas pesadillas capaces de volver loco a un alférez de la Legión. Y en cuanto a la comida que se degusta en los llamados restaurantes… bueno, está en consonancia con la calidad del agua del grifo. Un asco, vamos. Pero en verano hay que ir a la playa, cómo no. Hay que hacer lo que hacen los demás y comer bocadillos de queso con arena, que están pa cagarse. A veces creo que hubo un error en la cadena evolutiva y que el homo sapiens se tenía que haber quedado en la época de los dinosaurios. Bueno, no. ¡Pobres dinosaurios!


(En la imagen, una playa relajante. La foto está extraída de somosviajeros)


3 comentarios:

mike dijo...

Hola Cesar, no he leido muy bien todo el artículo pero he estado estos 4 días en Ampuria Brava y la verdad en estas playas somos poquitos gracias a dios, nos lo hemos pasado pipa en bici hasta Rosas comiendo bocatas etc, etc,hemos ido al monasterio de San Pere de Rodas y me ha molado bastante, espero ir pronto al museo Dali ya he ido varias veces pero hace años queno voy y eso que estoy al lado el finde.
Bueno desde aquí un abrazo, cuando llegue el libro te aviso.
mike

César dijo...

Mike:

Trata de ir al Museo Dalí de noche. Creo que se puede ir de noche durante el mes de agosto y, si ya has ido de día en alguna ocasión, verás un museo distinto. Dalí ya pensó que pudiera visitarse de noche y, por lo tanto, está preparado para eso. Me parece, eso sí, que tienes que llamar para reservar las entradas (creo que, siendo de noche, no se puede acudir a la taquilla tranquilamente).

mar dijo...

Está claro que Mike no está muy de acuerdo con tu artículo, César; yo lo sucribo de arriba abajo.

Creo que hay dos motivos que justifican la pasión de la gente por la playa:
- es gratis
- es un sitio ideal para no pegar clavo.

Hace tiempo que estoy estudiando el fenómeno porque me cuesta mucho comprenderlo. La playa es el sitio más incómodo, aburrido y poco íntimo que conozco.

Excepto en invierno, o al atardecer cuando no hay nadie.