miércoles, 19 de diciembre de 2007

LAS PROPINAS


Desde hace unos días se habla, y mucho, de las propinas. Dicen que los españoles no hemos asumido todavía el cambio de las pesetas a los euros y que con los euros dejamos unas propinas que jamás habríamos dejado cuando existían las pesetas. Lo ha dicho el ministro Solbes y es verdad. No porque lo haya dicho él, sino porque es cierto que ahora dejamos veinte céntimos de euro como propina por un café y ni a patadas en los dientes dejaríamos treinta y dos pesetas, que es casi lo mismo.

Los sindicalistas de los años veinte lucharon por eliminar las propinas, que entendían como un modo de humillar al trabajador porque obligaba a éste a hacer más de lo que debía. Tenían parte de razón. Y más, cuando es sabido que a veces el empresario cuenta con las supuestas propinas para redondear el sueldo del trabajador. Esa manera de entender las cosas llega al extremo en Estados Unidos, donde los camareros solo cuentan con las propinas a modo de salario. Desde luego, eso les obliga a rebajarse continuamente ante quien sea, como si su trabajo consistiese en dar coba en lugar de servir mesas. Tomar una copa o comer algo en Estados Unidos es una prueba de paciencia y de fuerza interior. En cuanto uno se mete el primer trago entre pecho y espalda aparece el camarero y, con una sonrisa de oreja a oreja, te pregunta: ¿Está todo a su gusto? Uno piensa Qué atento, dice Sí, sí, y luego se pierde pensando en la infinitud del Universo. Pero al rato, unos dos minutos más tarde, vuelve a aparecer el camarero y, con la misma sonrisa de antes, pregunta: ¿Necesita algo más? ¿Quiere una servilleta de papel? Uno empieza a mosquearse. Aun así, con una educación intachable, responde: No, no se preocupe, muchas gracias. El segundo trago ya no sabe tan bien, y justo cuando uno va a echarse al coleto el tercer trago, vuelve a escuchar, muy cerca, la voz del camarero: ¿Quiere usted un poco más de hielo? De pronto el mundo toma un color sombrío, amenaza tormenta en la calle y a uno le vienen a la memoria los peores momentos de su infancia. ¡No!, grita uno, ¡Está todo muy rico, coño! ¡Está de un rico que te cagas! El camarero, entonces, visiblemente enfadado, le da la espalda a uno y se pierde en las interioridades del negocio con un aire como de no querer saber nada más de uno en lo que le quede de vida. Al cabo de veinte segundos, sin embargo, justo a mitad del cuarto trago y cuando parecía que la paz imperaba en el mundo otra vez, se oye de nuevo la voz del camarero: ¿Quiere otra copa el señor?

Sean o no las propinas como pensaban los sindicalistas de los años veinte, hay algo al respecto que nunca he acabado de entender. Se supone que la propina es un premio que el cliente da al camarero en virtud del servicio. Sin embargo, nunca es así. Se deja una buena propina si la consumición es cara. Si es barata, y aunque el servicio haya sido de cuento de hadas, no tanto. ¿Por qué la cantidad que uno deja de propina depende exclusivamente del total de la cuenta a pagar y no de la diligencia del camarero que nos ha servido?

4 comentarios:

mar sarto dijo...

Buena pregunta. Y además, mi madre que entiende un tanto de protocolo y educación, me enseñó que además esa propina debía de ser un 15%. Pa cagarse. Al menos en España, es un gesto de cortesía: si quieres la das y sino, no pero hay países que te la incluyen en la cuenta.
Según el diccionario de la Real Academia, propina es “agasajo que sobre el precio convenido y como muestra de satisfacción se da por algún servicio”. Está claro que lo vinculan a precio y también está claro que lo que debería hacer el camarero de tu artículo, César, es un estudio previo sobre la psicología del cliente, porque si lo que pretende es obtener la propina haciendo aflorar esa satisfacción de la que nos habla el diccionario, con ese cliente en concreto, ha conseguido exactamente el efecto contrario.
Complicado este mundo de las propinas, proclamo.

Carlos dijo...

No se cuanto tiempo llevaba esperando a crearme una cuenta para empezar a mandar comentarios, y ahora resulta que no hace falta, ejem...

Mar, ya veo que tu madre entiende de estas cosas porque al menos en EEUU la propina que se considera apropiada es exactamente del 15% como dices.

En una ocasion invitamos Montse y yo a unos amigos a cenar y, tras una copiosa cena y una no menos copiosa factura, se me ocurrio dejar no se si unos 20 pavos o asi, que me parecio mas que bien, teniendo en cuenta que el lugar era un sitio muy pequenyo y nos habia atendido la misma duenya, por lo cual pense que podia saltarme el protocolo sin mayores consecuencias.

La duenya cuando vio la propina sobre la mesa, que quiza solo llegaba a un 10% de la factura, vino corriendo con el platillo en la mano y cuando ya estabamos practicamente saliendo por la puerta me pregunto con aparente preocupacion si habia habido algun problema a lo que yo muy ingenuamente conteste "no, que va, todo perfecto...".

Cuando vi que no dejaba de mover el platillo mientras seguia tan "preocupada" me di cuenta de que iba la cosa y, algo cortado por lo inesperado de su reaccion, me saque otros $10 del bolsillo y se los di.

Naturalmente no volvimos mas desde entonces o sea que al menos en este caso la senyora consiguio exactamente el efecto contrario al que supuestamete deberia haber perseguido. Una muy mala vision de negocio en mi opinion.

mar sarto dijo...

Hola Carlos, me alegro de leerte por aquí.

estela dijo...

Desde luego el sistema de las propinas está más que viciado.

Un fallo informático en un gran hotel yanqui, consiguió que las maletas llegasen a las 3 de la mañana a la habitación. Cuando las entregamos en la puerta a los maleteros a las 10 de la noche, evidentemente estos no decían ni avisaban de nada, pues así perdían la propina que una le daba por llevar las maletas...

Por otra parte hay demasiados camareros por mesa, pues al dueño no le cuesta demasiado contratarlos (puesto que su sueldo depende de las propinas). Es evidente que eso no es bueno para la paz de los clientes, ni para la tranquilidad del camarero, ni para nadie.