
Sigo estando en el hospital. Llevo aquí 23 días y aún me queda no sé cuánto, pero dentro de nada serán las elecciones norteamericanas y ya va siendo hora de despertarse. O sea que vamos allá.
Decididamente, estoy a favor de Obama. Eso es de cajón y creo que coincido con la mayoría de bípedos con cerebro útil. Pero he observado que planea cierta confusión entre la gente con motivo de estas elecciones presidenciales que vienen. Y esa es la razón de que haya olvidado por un rato que sigo estando en manos de los de la bata blanca. Para empezar, tanto Obama como McCain son líderes norteamericanos y, por consiguiente, no están tan lejos uno del otro como tratan de hacernos creer. La diferencia está basada en una certeza y una suposición. La certeza es que McCain, en el caso de ser elegido, continuaría con la política nefasta de Bush. Y la suposición, que Obama tal vez (sólo tal vez) haga otra cosa. ¿Qué tiene Obama a su favor?
1. Vérselas con un dinosaurio como McCain. Eso le facilita el camino a cualquiera.
2. Un mensaje esperanzador que, en el fondo, aún está vacío de contenido.
3. Su juventud y su planta.
4. El hecho de ser negro.
O sea, nada. En lo referente a su mensaje, estamos en los últimos días de campaña y aún espero oír alguna frase contundente, algo que tenga que cumplir por cojones al haberlo prometido. Tampoco el hecho de ser joven es garantía de nada. Y en cuanto a lo de ser negro… ya estamos otra vez con la discriminación inversa. También era negro el emperador Bocassa y desayunaba los hígados de sus enemigos; o el general Idi Amín Dadá, que también tenía mandanga y le gustaba la carne humana. De modo que no nos dejemos engañar. Las diferencias entre Obama y McCain pueden ser las mismas que hubiera habido entre Benedicto XVI y Juan Pablo II en el muy supuesto caso de que en el Vaticano supieran qué es eso de la democracia.
(En la foto, el general Idi Amín Dadá. La imagen está extraída de cronicaviva)