LAS PROPINAS
Desde hace unos días se habla, y mucho, de las propinas. Dicen que los españoles no hemos asumido todavía el cambio de las pesetas a los euros y que con los euros dejamos unas propinas que jamás habríamos dejado cuando existían las pesetas. Lo ha dicho el ministro Solbes y es verdad. No porque lo haya dicho él, sino porque es cierto que ahora dejamos veinte céntimos de euro como propina por un café y ni a patadas en los dientes dejaríamos treinta y dos pesetas, que es casi lo mismo.
Los sindicalistas de los años veinte lucharon por eliminar las propinas, que entendían como un modo de humillar al trabajador porque obligaba a éste a hacer más de lo que debía. Tenían parte de razón. Y más, cuando es sabido que a veces el empresario cuenta con las supuestas propinas para redondear el sueldo del trabajador. Esa manera de entender las cosas llega al extremo en Estados Unidos, donde los camareros solo cuentan con las propinas a modo de salario. Desde luego, eso les obliga a rebajarse continuamente ante quien sea, como si su trabajo consistiese en dar coba en lugar de servir mesas. Tomar una copa o comer algo en Estados Unidos es una prueba de paciencia y de fuerza interior. En cuanto uno se mete el primer trago entre pecho y espalda aparece el camarero y, con una sonrisa de oreja a oreja, te pregunta: ¿Está todo a su gusto? Uno piensa Qué atento, dice Sí, sí, y luego se pierde pensando en la infinitud del Universo. Pero al rato, unos dos minutos más tarde, vuelve a aparecer el camarero y, con la misma sonrisa de antes, pregunta: ¿Necesita algo más? ¿Quiere una servilleta de papel? Uno empieza a mosquearse. Aun así, con una educación intachable, responde: No, no se preocupe, muchas gracias. El segundo trago ya no sabe tan bien, y justo cuando uno va a echarse al coleto el tercer trago, vuelve a escuchar, muy cerca, la voz del camarero: ¿Quiere usted un poco más de hielo? De pronto el mundo toma un color sombrío, amenaza tormenta en la calle y a uno le vienen a la memoria los peores momentos de su infancia. ¡No!, grita uno, ¡Está todo muy rico, coño! ¡Está de un rico que te cagas! El camarero, entonces, visiblemente enfadado, le da la espalda a uno y se pierde en las interioridades del negocio con un aire como de no querer saber nada más de uno en lo que le quede de vida. Al cabo de veinte segundos, sin embargo, justo a mitad del cuarto trago y cuando parecía que la paz imperaba en el mundo otra vez, se oye de nuevo la voz del camarero: ¿Quiere otra copa el señor?
Sean o no las propinas como pensaban los sindicalistas de los años veinte, hay algo al respecto que nunca he acabado de entender. Se supone que la propina es un premio que el cliente da al camarero en virtud del servicio. Sin embargo, nunca es así. Se deja una buena propina si la consumición es cara. Si es barata, y aunque el servicio haya sido de cuento de hadas, no tanto. ¿Por qué la cantidad que uno deja de propina depende exclusivamente del total de la cuenta a pagar y no de la diligencia del camarero que nos ha servido?










